Lloré cuando se publicó y vuelvo a emocionarme al releerlo hoy.

Irse del lugar en el que te sientes vivo, siempre produce dolor, creo. Saber estar en el nuevo sin hundirte, con gallardía y humildad, demuestra valentía sí y, también, una gran fuerza interior.

Araceli

El futuro, incluso ahora, nos pertenece

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“Las 5 y media de la mañana, suena el despertador y ya hace media hora que ha amanecido, intento desperezarme como puedo, me froto los ojos y finalmente consigo incorporarme y ando a trompicones hasta la puerta de la habitación, entro en el salón-cocina-casa, mi chica ya está casi preparada para irse a trabajar, me da un beso y me dice que tengo el café en la mesa, la abrazo durante unos segundos, la beso en el cuello y le digo “gracias princesa, te quiero”, sonríe, me besa una vez más y lo último que oigo es el sonido de la puerta al cerrarse tras ella. Me quedo mirando el camino que recorrió hasta la puerta y pienso lo afortunado que soy de tenerla, una chica inteligente, guapa, a la que no se le cae la sonrisa de la cara ni a las 5 de la mañana de un lunes.”
Licenciada en Economía y habla tres idiomas, ahora mismo está aprendiendo el cuarto, el del país en el que vive, trabaja en una empresa de limpieza, no sentada en una oficina, sino a pie de escoba y fregona. No soñó con ello cuando se licenció en España, pero nunca se queja, mirada al frente, cabeza alta y a currar… una mujer de bandera.
Miro el reloj-termómetro digital que está en la estantería, en la pantalla dice que estamos a 7 de mayo, el termómetro, por su parte, marca un grado sobre cero en la fría Noruega.
Sonrío con ironía mientras me pongo la ropa térmica debajo de mi uniforme de techador, naranja fosforito, y me armo con mi metro, mi cuchillo de tela asfáltica, mi cúter y mi paleta. Recuerdo por un momento como me temblaban las piernas el primer día que fui a currar en los tejados. Yo, que no había cogido una herramienta en mi vida, y que al igual que mi chica, soy Licenciado en Economía en mi país de origen y empleado a tiempo parcial de lo que saliera, ahora me tenía que jugar los cuartos con tíos acostumbrados a trabajar en invierno a -25 grados, a subir escaleras de mano de 7 metros con un rollo de tela asfáltica de 50 kg a cuestas. Hombres de mirada fría y serena, manos grandes con dedos como morcillas y andar defectuoso, las rodillas doloridas de tantos años arrastrándolas en los soldajes, pero de corazón limpio y noble, como los que crea el trabajo en equipo, duro y a la intemperie durante tan largo tiempo. Debía aprender un oficio que no conocía en un dialecto de un idioma que ni mucho menos dominaba. Y aún así, enormemente agradecido a mi buen amigo noruego que había hecho una llamada a su hermano recomendándome para la empresa en la que él era uno de los mandamases, confesándole de paso que no tenía ni idea del curro que iba a hacer, pero que lo supliría con ganas de aprender y trabajo duro.
Me preparo la comida para el trabajo, intentando no cortarme un dedo con el cuchillo del IKEA (todo lo que tenemos en la casa es comprado allí), pues los párpados me pesan como si fueran de plomo, caliento leche y me siento a desayunar… un día como cualquier otro.
Enciendo el ordenador, me conecto a Internet y navego hasta la página web de uno de los periódicos españoles. El Rey parece estar implicado en el caso de corrupción que ha arrastrado al juzgado a su yerno, Esperanza Aguirre se mofa por enésima vez del movimiento 15M, un joven herido en una manifestación por enfrentarse con la autoridad…un día como otro cualquiera.
Leo la sección de economía, el FMI rebaja su previsión de crecimiento para España, otro organismo prevé que en España no se creará empleo en los próximos 7 años, más reforma laboral, ERE, indemnizaciones a directores y empresarios que han hecho quebrar sus empresas, Botín planea una nueva fusión…un día como otro cualquiera.
Me meto en el coche, y de camino al trabajo me pierdo en mis pensamientos. Pienso en lo curioso de mi historia, pero sé que no es ni mucho menos la única, pienso en los miles de jóvenes como yo que dejaron entre lágrimas de sus familiares un aeropuerto español, tragando saliva para no llorar y poder despedirse con una sonrisa, un nudo en el estómago hasta que pasas el control de seguridad, última mirada hacia atrás, disfrazando con esa sonrisa una profunda tristeza por verles así, “os quiero”, gritas sin voz.
Pienso que lo más duro de abandonar el que fue tu hogar durante toda la vida no es el miedo o la incertidumbre por lo que será de ti, sino el miedo por lo que dejas atrás, rezando porque la gente que amas esté bien hasta que vuelvas… hasta que vuelvas.
Pienso que me considero un afortunado, por tener un trabajo, crecer y aprender, a pesar de la nostalgia, de añorar a mi gente, mi país y su cultura, se que muchos no han tenido tanta suerte. Se que muchos jóvenes han visto reducidos sus sueños a las cuatro paredes de un Mc Donalds, en un país desconocido, en el que no conoces a nadie ni nadie se deja conocer, viendo llover a través de la ventana de una habitación de 11 m2, una pila de currículum en un pequeño escritorio (a los que sonríes irónicamente cuando ves tantos años de esfuerzo escritos en un papel que es, a todas luces, inútil), y un diccionario de un idioma que no es el tuyo haciendo de pisapapeles.
Es duro hacerse a la idea de lo que empezó como una aventura se ha convertido en una necesidad, que pagan mejor repartir hamburguesas en este país que trabajar en algo para lo que te has estado preparando los últimos 5, o 6 u 8 años de tu vida en tu propio país. Cuando la aventura se convierte en necesidad, nunca hay miedo, hay impotencia. Impotencia de saber que es mejor mirar por la ventana y levantarse al día siguiente a trabajar que sólo mirar por la ventana. Impotencia por saber que volver a casa de tus padres no es una opción, no por ellos, que te acogerán siempre con un beso y una sonrisa, si no por ti mismo y tu orgullo. Impotencia por saber que allí puedes ahorrar algo de dinero que con suerte, en unos años, te de la oportunidad de empezar en otro lugar, aunque sabes que seguramente no será junto a tu gente.

“Valientes los que se van, valientes los que se quedan”, pienso.

Valientes también los jóvenes cualificados que en su país curran por sueldos míseros en trabajos monótonos, tragándose su orgullo y sus cinco, o siete o diez años dando cabezadas en bibliotecas públicas.

Valiente el electricista, el fontanero, el jardinero, que sigue desempeñando su función siempre con la incertidumbre de si este mes llegará ese sueldo que le han recortado, o tendrá que esperar tres meses, cómo la última vez.

Valiente el que se presenta cada día en la cola del INEM, a la espera de cualquier cosa que pueda salir.

Valientes los padres y abuelos que cada semana se ponen delante de una pantalla de ordenador que tal vez ni siquiera sepan manejar, para ver borrosa la cara de sus hijos, nietos o sobrinos y escuchar, con un retraso de 5 segundos, un te quiero.

Valiente el que lucha cada día por su futuro y el de los suyos con la que está cayendo, sabiendo que la solución no va a llegar desde un gobierno bipartidista cobarde, mezquino, egoísta e incompetente.

Suspiro mientras aparco el coche pensando en todos esos valientes, en ese país que tanto echo de menos, no a sus políticos, no a su monarquía, ni su bandera. Echo de menos a sus valientes, las risas y algarabía de sus calles. Por que hasta en los momentos más difíciles tenemos ganas de reír, y eso no se ve en todos los lados.
Por ello, nunca pierdo la esperanza, porque creo en toda la gente que ya comienza a revelarse, a cambiar las cosas, sin miedo al futuro porque, incluso ahora, les pertenece.
Por eso, salgo del coche, me pongo el casco y enfilo la obra con la cabeza alta y una media sonrisa, pensando en todos aquellos valientes que no tienen ningún miedo, por todos ellos si merece la pena levantarse todas las mañanas, porque ellos, si que me representan.
Tomado de: https://apropositodesmith.wordpress.com/2015/04/27/valientes/